La Habana, 26 de octubre de 2014.- Todo el tiempo pensó que podría saltarla. Parecía tan simple, que su cobardía le hacía sentir mal. Si ella estuviera allí lo motivaría de una manera excepcional y podría seducirla con algo de valía a su favor.
Entonces corrió con el corazón en la boca y se impulsó desde adentro, desde su ser más profundo y al llegar al preciso instante el valor lo abandonó y sus flaquezas lo asaltaron dejándolo completamente desnudo, cubierto solo con su mayúsculo pavor inservible.
Se tendió de bruces y se abandonó a su suerte de perro viejo, maloliente y mojado de antaño.
De repente el mundo lo hizo sentir tan minusválido, que una hormiga lo hubiese pateado como a un objeto microscópico, sin miramientos de ningún tipo.
Entonces recabó toda su rabia hambreada y abrió las fauces como fiera herida y vociferó: ¨la madre de quién me empujó, voy a matar al hijo de puta qué me tumbó de la litera, partía de singaos, si cojo al que fué, le voy a partir el culo¨… y de repente Raúl gritó:…¨Fuí yo¨… sin reparo alguno.
Nadie pensó que con los años, Fidel se convertiría en una terrible pesadilla, solo porque no se atrevió a saltar la cerca de sus complejos. Hizo padecer a tanta gente por mucho tiempo por su complejo de inferioridad, disfrazado de megalomanía.
En las postrimerías de su vida, Dios le envió una enfermedad de largo tratamiento para recodarle su abandonada humanidad.
Nunca tuvo el valor de saltar la cerca de sus miserias humanas y por eso construyó una alrededor de su casa y los suyos, además de haber construido otra alrededor de la isla donde habita, culpando a sus vecinos de intolerantes.
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