Por Pablo Morales
Marchán/ CubaToday
La Habana, 22 de
junio de 2014.-La pobreza es la principal causa del terrorismo, y no solo la
material, sino también la espiritual. Los extremismos o fundamentalismos
religiosos y políticos crean divisiones muy difíciles de eliminar, se pierde la
cultura del diálogo y del entendimiento y se desata una espiral de violencia
infinita.
Muchos de los
tristes dictadores que han emergido a través de la historia Universal han
padecido de una manía de grandeza,(megalomanía) que en realidad es una
autoestima muy baja necesitada de ser alimentada por la sumisión de grandes
masas manipuladas, por una maquinaria propagandística a favor de su
¨personalidad.¨
La exclusión social
y la falta de perspectivas de vida, hacen que esta ¨ralea¨ capitalice las
ansiedades de las masas y fabriquen expectativas demagógicas con las que
narcotizan la conciencia nacional de sus respectivos países.
Una habilidad
enfermiza de torpedear la coexistencia de la diversidad, crear una fidelidad
impuesta a base de amenazas y terror entre los suyos, y sobre todo abusar de un
falso nacionalismo, reinventado un antisistema donde todo gira alrededor de sus
intereses personales hacen de estos terroristas y sus seguidores una vergüenza para
la raza humana.
Ya sea a nivel de
régimen, secta, milicia, o cualquier otro tipo de agrupación para delinquir,
esta forma de pensamiento y acción es una forma malévola de usar determinadas
habilidades para justificar espurios intereses, hacer involucionar las
relaciones humanas a cualquier nivel, convirtiéndose en un estado total de disfuncionalidad para los
que la practican.
Los sistemas
sociopolíticos o religiosos no son perfectos, porque son hechos por hombres y
mujeres que no son perfectos, pero destruir lo ya hecho es atentar contra el
legado que han dejado otras civilizaciones del pasado.
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