Por Pablo Morales Marchán/Hablemos Press.
LA HABANA, 26 de Noviembre.-Duele el filo ardiente de la quietud dominical. Ahoga los recuerdos que pesan en la memoria, como sangre viscosa que no corre por las venas del día de asueto, declarado por el supremo celestial o por el sindicato de los que trabajan.
Macondo sale a caminar con el surrealismo castriano, abandonando al realismo mágico caribeño.
El verde campestre huérfano de ruidos urbanos, entrena los sentidos para cuando llegue el descanso final. Como un sordo que hace caso omiso al qué dirán, se comporta el entretenimiento en la campiña cubana.
Paisaje azul marino alquilado, oloroso a sal y a crema dorador europea para los que tienen convertibles o cuerpo moneda para cambiar.
Mientras en un segmento de la 5ta Avenida capitalina, frente a una casa de Dios, mujeres convertidas en Damas de Blanco gritan Libertad, Libertad, Libertad y los perros guardianes de asesinos seniles ,se niegan a reconocer que las nuevas Evas, no son costilla, aunque a algunas, le rompan algunas de ellas.
Una tarde de domingo, murió un dictador chileno, tranquilo en un hospital, medio Chile lo lloraba, medio Chile suspiraba y sacaba de su corazón ciertas penas desatadas.
En cualquier parque del país, unos hablan de pelota, otros hablan de cambios, entre alcohol barato y permanente hastío.
Los hijos del dictador juegan golf, catan caros vinos, toman fotos en cotos privados en unas de sus tantas casas y otros hijos, los de la mayoría toman agua con azúcar y un pan para salir a la calle ¨a ver que inventan.¨
Así está Cuba dividida, entre aquellos privilegiados y un gran grupo que espera poder almorzar una vez al día, esperando ver un guateque mediático cada 7 días llamado ¨Palmas y Cañas¨, donde hasta hace muy poco las frutas y las viandas que ponen en las mesas de los invitados eran de cartón, en una isla con tantas tierras, tanto sol y tantos sueños rotos.
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