Por Pablo Morales Marchán/Hablemos Press.
La Habana, 7 de Agosto.-Todavía persisten en Cuba las mismas
causas que originaron aquella explosión social espontánea en la Habana en 1994
y que dio lugar a la llamada crisis de los balseros.
La falta de libertades, la asfixia económica, la falta de
perspectiva y de un proyecto de nación
con la participación directa de la diáspora cubana (que con su capital
financiero y su conocimientos sobre negocios y nuevas tecnologías, insertarían
a la isla en los flujos comerciales y crediticios globales del siglo XXI) y como
colofón, el empecinamiento de los Castro en mantenerse en el poder a toda
ultranza, hunden más al país cada día en la profundidades de un mar de
incertidumbres.
El general dictador Raúl Castro intenta
retardar de una manera patética los cambios estructurales necesarios en la
mayor de las Antillas, implementando fórmulas que buscan aterrizar el
destartalado modelo castro comunista que nunca tomó altos vuelos y cada día se
entierra más a sí mismo.
Las reformas migratorias y
económicas responden a la necesidad del régimen de reubicar dentro y fuera de
fronteras a una gran masa laboral excedente como resultado del recorte de
fuerzas productivas en el sector estatal y permitir en menor escala a pequeños
emprendedores que engendren cierta producción de bienes y servicios que
resulten más rentables para el Estado al producirse en el país a un costo
inferior y permita reducir las importaciones(principalmente de alimentos) y los
subsidios a la población, agobiado por la crisis general económica que vive el
mundo actual.
Existe una Oposición pacífica,
legítima en sus demandas, que todavía no articula proyectos congruentes que
muevan a las masas a ejercer su activismo ciudadano y den al traste con el
statu quo.
Hay claridad de pensamiento en
algunos representantes de la sociedad civil independiente, percepción objetiva
de los asuntos por resolver, voluntad política para emplazar en todas las
esferas a la dictadura, pero todavía no se ha creado la conciencia nacional de
que los cambios no son solo posibles, sino casi obligados, si queremos existir
como nación democrática y desarrollada por nosotros mismos.