El gran
sofá de cemento, en la antesala de esta ciudad, donde reduce al mismo tiempo, la
furia de los vientos, culpables de las caricias, ora tremendas,ora apacibles
del mar Caribe, permanente recordatorio del carácter insular de esta tierra.
Por otro
lado,la fuerza del amor a la vida,con toda su carga de decepciones y sus pequeños
momentos felices,dentro de una rutina contumaz que se aferra a la esperanza de
vivir para contar (en realidad para inventarse) las razones de una existencia
que nadie pidió pero a la que nadie quiere renunciar. Ese es el malecón de la
Habana, testigo de innumerables historias, donde vetustas fachadas y miradas
perdidas que respiran gracias a la cultura de resistencia y en la fe de burlar
al menos por un tiempo a la muerte, desafían a todo pronóstico lógico humano.
Nací en
este pedazo de la geografía nacional,al que la mayoría arriba por distintas
razones,unas veces para traer y la mayoría para llevarseen fotos fingidas o
no,el recuerdo de su paso,como migrante,que se inventa su propia escenografía.
He visto
partir a mucha gente,al cielo en alas de plata o al centro polvo gris de nuestra última morada.
El otrora
esplendor republicano luce opaco por costumbres advenedizas de los que vienen a
ocupar el lugar de los ausentes temporales o permanentes, que en su relación de
amor-odio intentan infructuosamente de disfrazarla de provinciana.
Me duelen
los vacíos que la indolencia oficialista cómplice, permite que violen su virginidad
arquitectónica, la prostitución pueblerina de alma y cuerpo,llenando de ajenos
colores kitsch el paisaje citadino,la marginalidad teñida de negritud ex
profeso, la mueca de payaso barato ofrecida al visitante foráneo,las historias
tragicómicas de supervivencia a la buena de Dios o del Diablo, bajo todo tipo
de represiones.
La
impresión deja vu(lo ya visto,lo ya vivido) me acompaña como viejo perro fiel,
y no es porque no haya creatividad de los actores, es porque el pésimo director
ha convertido la escena en un tétrico circo por la fuerza de sus hienas
amaestradas y volvió el espectáculo tan deprimente, que cada cual llora sus
cuitas, donde el rincón de su vergüenza se lo permita.
No me van a
obligar a cambiar de tablado, si yo no quiero. Este es mi lugar de origen, mi
punto de partida o de llegada, solo yo decidiré,si me largo o asumo mi
protagonismo en cambiar el guión de este teatro de los absurdos.
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