viernes, 12 de abril de 2013

La Habana y su Malecón.


     Pablo Morales Marchán  3-4-2013
El gran sofá de cemento, en la antesala de esta ciudad, donde reduce al mismo tiempo, la furia de los vientos, culpables de las caricias, ora tremendas,ora apacibles del mar Caribe, permanente recordatorio del carácter insular de esta tierra.
Por otro lado,la fuerza del amor a la vida,con toda su carga de decepciones y sus pequeños momentos felices,dentro de una rutina contumaz que se aferra a la esperanza de vivir para contar (en realidad para inventarse) las razones de una existencia que nadie pidió pero a la que nadie quiere renunciar. Ese es el malecón de la Habana, testigo de innumerables historias, donde vetustas fachadas y miradas perdidas que respiran gracias a la cultura de resistencia y en la fe de burlar al menos por un tiempo a la muerte, desafían a todo pronóstico lógico humano.
Nací en este pedazo de la geografía nacional,al que la mayoría arriba por distintas razones,unas veces para traer y la mayoría para llevarseen fotos fingidas o no,el recuerdo de su paso,como migrante,que se inventa su propia escenografía.
He visto partir a mucha gente,al cielo en alas de plata o al centro polvo gris  de nuestra última morada.
El otrora esplendor republicano luce opaco por costumbres advenedizas de los que vienen a ocupar el lugar de los ausentes temporales o permanentes, que en su relación de amor-odio intentan infructuosamente de disfrazarla de provinciana.
Me duelen los vacíos que la indolencia oficialista cómplice, permite que violen su virginidad arquitectónica, la prostitución pueblerina de alma y cuerpo,llenando de ajenos colores kitsch el paisaje citadino,la marginalidad teñida de negritud ex profeso, la mueca de payaso barato ofrecida al visitante foráneo,las historias tragicómicas de supervivencia a la buena de Dios o del Diablo, bajo todo tipo de represiones.
La impresión deja vu(lo ya visto,lo ya vivido) me acompaña como viejo perro fiel, y no es porque no haya creatividad de los actores, es porque el pésimo director ha convertido la escena en un tétrico circo por la fuerza de sus hienas amaestradas y volvió el espectáculo tan deprimente, que cada cual llora sus cuitas, donde el rincón de su vergüenza se lo permita.
No me van a obligar a cambiar de tablado, si yo no quiero. Este es mi lugar de origen, mi punto de partida o de llegada, solo yo decidiré,si me largo o asumo mi protagonismo en cambiar el guión de este teatro de los absurdos.

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